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Os dejo, me tengo que marchar

Os dejo. Con la llegada del calor Muñeca Rusa vuelve a la Estepa y yo abandono esta doble personalidad para dedicarme de lleno a una sola. Siempre se dijo que el que mucho abarca poco aprieta. Muñeca Rusa cierra un ciclo que comenzó como fruto de momentos no felices y que acaba con mucha energía, ganas de cosas nuevas y de sonrisas, de sonrisas sin parar. En el último año mi muñeca ha ido encogiendo con cada sonrisa que he tenido hasta que se ha hecho tan pequeña que hemos tenido que separar destinos.

Gracias a todos los que habéis pasado por aquí y me habéis leído, a los que habéis comentado a Muñeca dentro y fuera del blog, a los amigos de Muñeca en Facebook, gracias a mis tuiteros y a otros blogs que me han inspirado.

Nos vemos ^_^

 
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Publicado por en 23 mayo 2011 in Uncategorized

 

Trampa abstrusa

Correas en los hombros que sellan las marcas provocadas por el peso descomunal e insoportable que cargan. Las ganas de luchar sin un motivo racional te impulsan a avanzar, a pesar del dolor que provoca el tesoro sobrevalorado que transportas. Senderos hacia ningún lugar, barro hasta en las orejas y un corazón agotado por esfuerzos sin recompensa.

Te niegas a reconocer que todo el sacrificio haya valido para nada. En la tozudez de mantenerte fiel y coherente perseveras en rematar una historia inconclusa sin leer los efectos secundarios, sin mirar a los lados, sin percatarte de que tu actitud es altamente contraproducente. Como una niña caprichosa y con las energías bajo cero te obstinas en el error y perseveras en conseguir lo que te proponías.

Soprendida por la extrema longitud del camino, al fin te das cuenta de que habías estado dando vueltas en círculo y, aún así, seguías tropezando siempre en el mismo lugar. Con una carga cada vez más pesada, las heridas más profundas y el espíritu consumido, llegas a la aduana y decides cruzar la frontera sin cargas, porque te has hartado de perder, te has cansado de esperar y te has aburrido de fingir.

Pero hay lastres que, de soportarlos durante tanto tiempo, incluso cuando logras quitártelos de encima, siguen haciéndote daño. Sigues teniendo esa sensación de pérdida y ese rumor en los hombros. De repente un día, en un falso movimiento, notas un dolor en los huesos que, de profundo, te alcanza el espíritu. El doctor afirma que son las secuelas de algo que no acabó bien y tu insistes en que, para mejorar, acabar mal fue el mejor final.

En mis pesadillas todo se arregla.

 
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Publicado por en 12 marzo 2011 in Uncategorized

 

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Tiza en los dedos

De pequeña nunca le gustaba salir a la pizarra. Con sus dedos entrelazados reposando sobre su falda, la cabeza agachada y mirando fijamente a la tabla del pupitre, desaba con todas sus fuerzas que la maestra no pronunciase su nombre. Lamentablemente, no siempre sus poderes mentales funcionaban (así lo pensaba ella) y le tocaba enfrentarse a la clase.  Experta en ser  una atenta expectadora, detestaba tener que ser ella la que diera la espalda a todos sus compañeros y sentirse observada y juzgada; imaginarles mirándola fijamente, analizando sus gestos, su aspecto, sus palabras, … esperando a que diese alguna respuesta a las preguntas de la profesora. Ser el centro de atención de la clase era demasiada presión que soportar en alguien como ella.

Desde su perspectiva a un metro del suelo, la pizarra parecía infinita y cualquier cosa que escribiese se vería diminuto e insignificante con aquella pequeña caligrafía infantil en la que todas las letras van cogidas de la mano. Con una tiza y la lección aprendida, sudor en las manos y paralizada la mente y el cuerpo, sentía la vergüenza de mostrarse insegura y estúpida. Abrumada por la tensión de la situación era incapaz de pronunciar una palabra que se escuchase más allá de a tres pasos de distancia. Pasado el interminable mal trago se frotaba las manos para sacudir el polvo blanco y huía a su sitio de nuevo avergonzada y enfurecida consigo misma.

Durante los días posteriores revivía mentalmetne el incidente y se torturaba imaginando todas las cosas horribles que pensarían los demás sobre ella.

Hoy en día tampoco me gusta “salir a la pizarra”, pero he aprendido a relativizar y a focalizar mis esfuerzos en que todo salga como me propongo. Lo que  puedan pensar los demás no es relevante. Al fin y al cabo somos tan egocéntricos que nadie repara en si el otro lo ha hecho bien o mal. Estamos demasiado preocupados por como hemos estado nosotros mismos.

[Mis poderes mentales siguen funcionando igual que entonces]

La causa más frecuente de la timidez es una opinión excesiva de nuestra propia importancia.

Samuel Johnson

 
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Publicado por en 6 marzo 2011 in Uncategorized

 

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Todo fluye

Somos víctimas innegables de la Parábola de la Rana Hervida. Está comprobado que las ranas y demás familia son incapaces de reaccionar ante cambios en su entorno que se produzcan con lentitud. Por tanto, si en un ataque de crueldad se nos diese por calentar una olla de agua con una rana viva en su interior hasta que hirviese, el pobre anfibio moriría sin darse cuenta. No notaría que el agua va cambiando de temperatura, empezaría a aturdirse y, finalmente, moriría.

Por suerte, las personas somos un poco más sensibles, al menos en lo que al sistema nervioso se refiere. Pero más allá de lo físico, en nuestras relaciones diarias vamos generando cambios, algunos intencionados y otros, los qué más llaman mi atención, se han ido formando por acumulación de sucesos aleatorios, coherentes, casi siempre insignificantes y curiosamente no premeditados.

De repente nos vemos envueltos en situaciones inesperadas, en ollas hirviendo a las que no sabemos cómo hemos llegado exactamente. Sin embargo, siempre hay un porqué, unos antecedentes. A menudo, no son tan evidentes como para poder manejarlo a tiempo y con prudencia. Una mirada, una palabra acertada, un gesto o una rutina se convierten en parte de la realidad del otro. Realidad sesgada por su particular percepción en la que cualquier elemento es útil si encaja en su maqueta.

Cuando ya todo está listo para el gran día, el estreno, te invitan a sentarte entre el público para que, más tarde, inmersa en tu ignorancia, te des cuenta de que formas parte del show con un papel protagonista. Entonces te ves con los focos apuntándote y a la audiencia esperando en sus butacas con mirada impaciente a que ofrezcas una respuesta. Abres mucho los ojos intentando  hacer que lo que está delante de tí concuerde y conecte de alguna forma con algún hecho relevante que pueda etiquetarse de causa de la situación. No sabes si has perdido la memoria o te encuentras ante una broma pesada, pero ni parece que se estén riendo de ti ni tampoco has olvidado tu nombre.

Te culpas por cada mirada, cada palabra acertada, cada gesto y cada rutina que ofreciste sin querer, que no pudiste evitar. No fuiste capaz de preveer el desastre, simplemente porque no sabías que la olla estaba al fuego.

 

 
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Publicado por en 15 enero 2011 in Uncategorized

 

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