Miradas de reojo, marcas de guerra, murallas etéreas infranqueables, demonios de lo irracional y un campo de batalla de salón. Guarda en la caja fuerte el amor y el respeto fuera de tu alcance. Diálogo de monosílabos marcan el prólogo de un duelo que vencer, sólo importa ganar. Protegida con capa de espinas llevas a cabo ataques preventivos y cargada con artillería pesada lanzas frases que golpean las paredes, hieres el corazón y castigas el alma.
Reducido el enemigo te retiras entre los escombros con aires de victoria mientras, disimulando, asqueas el amargor de la derrota. Otra vez.
Conflictos en los que todos pierden pero no todos salen heridos. Por primera vez, te atreves a ponerte la armadura para enfrentarte a tu reflejo. Horrorizada, te quedas sin palabras y se te quiebra el corazón. En el estómago gritos de “lo siento”, en la nuca el peso de la vergüenza. Con el espíritu rasgado por el paso de la ira reconoces tu egoísmo.
Agacha la cabeza, cobarde, para hacer como si nada. Otra vez.




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