Somos víctimas innegables de la Parábola de la Rana Hervida. Está comprobado que las ranas y demás familia son incapaces de reaccionar ante cambios en su entorno que se produzcan con lentitud. Por tanto, si en un ataque de crueldad se nos diese por calentar una olla de agua con una rana viva en su interior hasta que hirviese, el pobre anfibio moriría sin darse cuenta. No notaría que el agua va cambiando de temperatura, empezaría a aturdirse y, finalmente, moriría.
Por suerte, las personas somos un poco más sensibles, al menos en lo que al sistema nervioso se refiere. Pero más allá de lo físico, en nuestras relaciones diarias vamos generando cambios, algunos intencionados y otros, los qué más llaman mi atención, se han ido formando por acumulación de sucesos aleatorios, coherentes, casi siempre insignificantes y curiosamente no premeditados.
De repente nos vemos envueltos en situaciones inesperadas, en ollas hirviendo a las que no sabemos cómo hemos llegado exactamente. Sin embargo, siempre hay un porqué, unos antecedentes. A menudo, no son tan evidentes como para poder manejarlo a tiempo y con prudencia. Una mirada, una palabra acertada, un gesto o una rutina se convierten en parte de la realidad del otro. Realidad sesgada por su particular percepción en la que cualquier elemento es útil si encaja en su maqueta.
Cuando ya todo está listo para el gran día, el estreno, te invitan a sentarte entre el público para que, más tarde, inmersa en tu ignorancia, te des cuenta de que formas parte del show con un papel protagonista. Entonces te ves con los focos apuntándote y a la audiencia esperando en sus butacas con mirada impaciente a que ofrezcas una respuesta. Abres mucho los ojos intentando hacer que lo que está delante de tí concuerde y conecte de alguna forma con algún hecho relevante que pueda etiquetarse de causa de la situación. No sabes si has perdido la memoria o te encuentras ante una broma pesada, pero ni parece que se estén riendo de ti ni tampoco has olvidado tu nombre.
Te culpas por cada mirada, cada palabra acertada, cada gesto y cada rutina que ofreciste sin querer, que no pudiste evitar. No fuiste capaz de preveer el desastre, simplemente porque no sabías que la olla estaba al fuego.



