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Archivo mensual: marzo 2011

Trampa abstrusa

Correas en los hombros que sellan las marcas provocadas por el peso descomunal e insoportable que cargan. Las ganas de luchar sin un motivo racional te impulsan a avanzar, a pesar del dolor que provoca el tesoro sobrevalorado que transportas. Senderos hacia ningún lugar, barro hasta en las orejas y un corazón agotado por esfuerzos sin recompensa.

Te niegas a reconocer que todo el sacrificio haya valido para nada. En la tozudez de mantenerte fiel y coherente perseveras en rematar una historia inconclusa sin leer los efectos secundarios, sin mirar a los lados, sin percatarte de que tu actitud es altamente contraproducente. Como una niña caprichosa y con las energías bajo cero te obstinas en el error y perseveras en conseguir lo que te proponías.

Soprendida por la extrema longitud del camino, al fin te das cuenta de que habías estado dando vueltas en círculo y, aún así, seguías tropezando siempre en el mismo lugar. Con una carga cada vez más pesada, las heridas más profundas y el espíritu consumido, llegas a la aduana y decides cruzar la frontera sin cargas, porque te has hartado de perder, te has cansado de esperar y te has aburrido de fingir.

Pero hay lastres que, de soportarlos durante tanto tiempo, incluso cuando logras quitártelos de encima, siguen haciéndote daño. Sigues teniendo esa sensación de pérdida y ese rumor en los hombros. De repente un día, en un falso movimiento, notas un dolor en los huesos que, de profundo, te alcanza el espíritu. El doctor afirma que son las secuelas de algo que no acabó bien y tu insistes en que, para mejorar, acabar mal fue el mejor final.

En mis pesadillas todo se arregla.

 
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Publicado por en 12 marzo 2011 in Uncategorized

 

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Tiza en los dedos

De pequeña nunca le gustaba salir a la pizarra. Con sus dedos entrelazados reposando sobre su falda, la cabeza agachada y mirando fijamente a la tabla del pupitre, desaba con todas sus fuerzas que la maestra no pronunciase su nombre. Lamentablemente, no siempre sus poderes mentales funcionaban (así lo pensaba ella) y le tocaba enfrentarse a la clase.  Experta en ser  una atenta expectadora, detestaba tener que ser ella la que diera la espalda a todos sus compañeros y sentirse observada y juzgada; imaginarles mirándola fijamente, analizando sus gestos, su aspecto, sus palabras, … esperando a que diese alguna respuesta a las preguntas de la profesora. Ser el centro de atención de la clase era demasiada presión que soportar en alguien como ella.

Desde su perspectiva a un metro del suelo, la pizarra parecía infinita y cualquier cosa que escribiese se vería diminuto e insignificante con aquella pequeña caligrafía infantil en la que todas las letras van cogidas de la mano. Con una tiza y la lección aprendida, sudor en las manos y paralizada la mente y el cuerpo, sentía la vergüenza de mostrarse insegura y estúpida. Abrumada por la tensión de la situación era incapaz de pronunciar una palabra que se escuchase más allá de a tres pasos de distancia. Pasado el interminable mal trago se frotaba las manos para sacudir el polvo blanco y huía a su sitio de nuevo avergonzada y enfurecida consigo misma.

Durante los días posteriores revivía mentalmetne el incidente y se torturaba imaginando todas las cosas horribles que pensarían los demás sobre ella.

Hoy en día tampoco me gusta “salir a la pizarra”, pero he aprendido a relativizar y a focalizar mis esfuerzos en que todo salga como me propongo. Lo que  puedan pensar los demás no es relevante. Al fin y al cabo somos tan egocéntricos que nadie repara en si el otro lo ha hecho bien o mal. Estamos demasiado preocupados por como hemos estado nosotros mismos.

[Mis poderes mentales siguen funcionando igual que entonces]

La causa más frecuente de la timidez es una opinión excesiva de nuestra propia importancia.

Samuel Johnson

 
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Publicado por en 6 marzo 2011 in Uncategorized

 

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