Correas en los hombros que sellan las marcas provocadas por el peso descomunal e insoportable que cargan. Las ganas de luchar sin un motivo racional te impulsan a avanzar, a pesar del dolor que provoca el tesoro sobrevalorado que transportas. Senderos hacia ningún lugar, barro hasta en las orejas y un corazón agotado por esfuerzos sin recompensa.
Te niegas a reconocer que todo el sacrificio haya valido para nada. En la tozudez de mantenerte fiel y coherente perseveras en rematar una historia inconclusa sin leer los efectos secundarios, sin mirar a los lados, sin percatarte de que tu actitud es altamente contraproducente. Como una niña caprichosa y con las energías bajo cero te obstinas en el error y perseveras en conseguir lo que te proponías.
Soprendida por la extrema longitud del camino, al fin te das cuenta de que habías estado dando vueltas en círculo y, aún así, seguías tropezando siempre en el mismo lugar. Con una carga cada vez más pesada, las heridas más profundas y el espíritu consumido, llegas a la aduana y decides cruzar la frontera sin cargas, porque te has hartado de perder, te has cansado de esperar y te has aburrido de fingir.
Pero hay lastres que, de soportarlos durante tanto tiempo, incluso cuando logras quitártelos de encima, siguen haciéndote daño. Sigues teniendo esa sensación de pérdida y ese rumor en los hombros. De repente un día, en un falso movimiento, notas un dolor en los huesos que, de profundo, te alcanza el espíritu. El doctor afirma que son las secuelas de algo que no acabó bien y tu insistes en que, para mejorar, acabar mal fue el mejor final.
En mis pesadillas todo se arregla.


